Boxeo Total

'Guantes de seda', de Julio Manuel de la Rosa

Por Marcos Vilaseca. - En el año 2008 la editorial Algaida publicó tres novelas relacionadas en mayor o menor medida con el mundo del boxeo. Las tres se presentaron en febrero de 2009 con motivo del Encuentro de Novela Negra de Barcelona en una divertida mesa redonda animada por el veterano Francisco Rodríguez Feu, autor también de otros tantos libros de ficción y difusión sobre el noble arte. Pueden ustedes leer la crónica del encuentro en esta página de El País.
Guantes de Seda”, de Julio Manuel de la Rosa (Sevilla, 1935) es una de ellas. Ambientada en los últimos años del franquismo, la novela arranca con la aparición de un mendigo muerto en un banco del Parque Güell barcelonés. El cuerpo es encontrado por dos jardineros municipales, Andrés Roig y Cándido Escobar (Candidín) quienes, intrigados por la falta de datos sobre el mendigo y el extraño contenido de su bolsillo —una fotografía de Concha Piquer y un viejo recorte de periódico que informaba sobre un combate de boxeo— empiezan a investigar su pasado. Andrés Roig está a punto de jubilarse y Candidín, mucho más joven, aportará la energía necesaria para ayudarlo en la tarea. Así, la extraña pareja de detectives amateurs escarbará en la historia del vagabundo —de nombre Luis Riera, un boxeador de finales de los 40 y principios de los 50 que llegó a disputar el título mundial del peso gallo— a través de varias entrevistas con personas que lo conocieron (el hijo de su entrenador, una antigua novia cabaretera, viejos amigos…) para tratar de esclarecer por qué acabó muriendo solo y arruinado. Toda la información que van recopilando la mecanografían en un documento al que llaman el “dossier Riera”. Sin embargo, la investigación desvelará algunos oscuros secretos que afectan a un alto cargo del régimen franquista, unos secretos que algunos no están dispuestos a dejar que salgan a la luz… Un clásico planteamiento de novela negra, pues.
Si les soy sincero, tengo sentimientos encontrados respecto a este libro; su lectura me dejó un sabor agridulce. Aunque cuenta con muchos aciertos, también es cierto que existen algunos fallos que, si bien no entorpecen la lectura, hubiesen sido fácilmente evitables. Analicemos primero estos últimos y así podremos pasar inmediatamente a los elogios.
1) Para empezar: la portada. Lo siento, pero esa especie de collage new age (¿qué pinta un sapo en la esquina inferior derecha?) en tonos grises y púrpuras no es que invite demasiado a la lectura. Recuerda a aquellos posters horteras que se pusieron de moda en los años ochenta en que aparecía un unicornio bajo una enorme luna junto a un coche deportivo, todo mezclado en una suerte de atmósfera onírica… Creo que una portada menos fea (por no decir horrenda) le haría más justicia a la novela.
2) Gazapos. A lo largo del libro aparecen varios deslices, especialmente referidos a los nombres de boxeadores: “Demsey” en lugar de Dempsey (pág. 20), Alf “Bronw” en lugar de Alf Brown (pág. 34) y Sandy “Sandler” en lugar de Sandy Saddler (pág. 267). Además, también falta algún signo de interrogación aquí (pág. 102) y unos guiones allá (pág. 74), pero tampoco me quiero poner quisquilloso.
3) Anacronismos. Recordemos que la novela transcurre en las postrimerías de la dictadura franquista —es decir, antes de 1975—, por tanto, resulta poco verosímil que el narrador afirme que “Candidín guardaba una copia [del dossier Riera] en su ordenador” (pág 174). ¿Un joven jardinero municipal que tiene un ordenador personal a principios de los setenta? En la misma línea debe valorarse la frase: “Ahora el mercadillo [de Sant Antoni] estaba repleto de viejos abanicos y de una insultante cantidad de juegos para ordenadores” (pág. 181). ¿Videojuegos en el mercado de Sant Antoni en aquella época?
4) Inicio titubeante. A falta de una palabra mejor, diría que la novela arranca un poco dislocada, como si le faltase información. No se dan muchas explicaciones sobre por qué un humilde jardinero se empeña en investigar la muerte natural de un mendigo anónimo. ¿Por simple curiosidad?, parece poco creíble; quizá ahí falta un poco más de motivación o conflicto en el personaje de Andrés Roig. Por otro lado, hasta que no se sitúa el tiempo de la narración (cosa que ocurre más adelante), el lector se encuentra como en una especie de limbo temporal en el que no sabe muy bien a qué atenerse.
Dicho esto, hablemos ahora de los aciertos. La novela se lee prácticamente de una sentada. Una vez superado ese inicio ligeramente confuso —cuestión de pocas páginas— uno se sumerge de golpe en el libro, seducido por una trama adictiva. En efecto, la investigación de los protagonistas se va desvelando en breves dosis que hacen que el lector se quede con las ganas de saber más y de seguir leyendo. El estilo de J. M. de la Rosa, como dice el propio Andrés Roig en la novela acerca de un libro de Eduardo Mendoza, “es lineal, a veces algo plano, demasiado claro, tanto que la novela parece redactada más que escrita”, lo cual contribuye a que el lector llegue a las últimas páginas casi sin darse cuenta. Además, la reconstrucción de la vida del púgil Luis Riera toca algunos temas tabú en el mundo del boxeo (cada vez menos, en parte gracias a boxeadores valientes como Orlando Cruz), y lo hace de manera natural, sin prejuicios y con un enfoque bastante original.
Por lo tanto, en general, mi valoración del libro es positiva y les recomiendo su lectura. Si he enumerado algunos fallos ha sido simplemente con la intención de dar un cariñoso tirón de orejas a editor/es y autor (a los que aprovecho para enviar desde aquí un afectuoso saludo) y constatar que habrían sido fácilmente evitables mediante una revisión más cuidadosa del texto.


Guantes de seda
Julio Manuel de la Rosa
Novela
Ed. Algaida, 2008, 269 págs.

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