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Gabriel Campillo, vivir para contarlo

El 20 de junio de 2009, Gabriel Campillo se convertía en el campeón mundial número 11 para España. El campeón más ‘grande’ de nuestra historia -monarca en semipesado-, hizo oficial su jubilación el mismo día que se rememora el nacimiento de Max Baer o la primera derrota profesional de Mike Tyson.

Boxeador diferente, zurdo, espigado, al que reprobaban su escasa pegada, demostró que cualidades no faltaban y, sobretodo, la importancia de que para competir al más alto nivel la fortaleza no solo debe ser física, sino mental. Es difícil encontrar un deportista con mejor encaje en ese aspecto.

Curiosamente, pese a llegar a la cima de este deporte -cosa difícil- y ser un español que pudo vivir del pugilismo -casi igual de difícil-, no desafina reiterar que el boxeo no fue justo con él. Un tipo tan honesto que solo podía perder por robo o por KO. “No me gusta quejarme, me adapto a lo que hay“, confesaba el incrédulo vallecano.

Aquel niño que conoció el boxeo de madrugada junto a su padre, salió del barrio para conquistar el mundo. España queda pequeña y los alemanes le privan del campeonato de Europa, así que gana el mundial en Argentina, lo defiende en Kazajistán y acepta la revancha en Las Vegas, que tuvo por resultado lo que los medios americanos calificaron como ‘Robo del año’. Más tarde vendría el ‘del siglo’, ante Tavoris Cloud.

Gozó el placer de la gloria y soportó la crueldad de la injusticia. Vio la realidad que no sale en los medios. Las luces y las sombras de un negocio aderezado, como tantos otros, de aprovechados, mentirosos, trabajo sin recompensa y jueces al servicio de turbios intereses, que puntúan con los ojos puestos en la cartera.

Pensaba en alto Nach aquello de ‘Tengo hambre de victoria, pero acepto las derrotas, de ellas brota lo aprendido y dan sentido a esta existencia rota‘, algo que bien podría firmar Campillo cuando le birlaban impunemente triunfos que le privaron de reconocimientos que demostró merecer. O cuando llegaron las derrotas de verdad.

Combatió en una de las divisiones más competitivas de la actualidad. Como un boxeador de los viejos tiempos, no rehuyó rival alguno, buscando siempre el camino directo hacia la cima, aunque ello supusiera enfrentarse a verdaderas bestias. El mayor ejemplo lo tenemos con Sergey Kovalev, superestrella que hoy todos conocen y muchos temen.

Ahora, con elocuencia y dignidad de campeón, Gabriel Campillo dice adiós como prometió, el día que no pudiera dar su mejor nivel. Una carrera en la que ha sido y ha visto todo. Deja una huella que muchos ya quisieran experimentar, con el ejemplo de que el triunfo no está solo en vencer, también en saber levantarse, aprender y mantener la ilusión. Algo que se tiene que vivir para contarlo.

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1 comentarios:

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Anónimo
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19 de febrero de 2017, 14:13 delete

Campillo es de los pocos boxeadores que tanto ganando como perdiendo ha sido claro, sincero, y nunca ha buscado excusas ni quejas. Un tío que siempre ha hablado claro, dentro y fuera del ring y que se ha merecido mucho más a lo largo de su carrera pugilística.

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