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Thrilla in Manila: el epílogo de Joe Frazier

Por Víctor C. Millán. - Un boxeo que derrotó a Ali por primera vez en su carrera en 1971 y que en Manila hizo provocar la burla más desesperada de este, aquella que nace cuando sabes que solo eso puede doler más que un golpe.

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El 1 de octubre de 1975 el público congregado en el Araneta Coliseum de Quezon City  (Filipinas) contemplaba como Muhammad Ali se revolvía en su esquina preso del inclemente calor del recinto y del más duro golpe que puede recibir un boxeador: ver como su mayor enemigo estaba a punto de hacerle volver a besar la lona.
El 7 de noviembre de 2011, Smokin´Joe Frazieraquel enemigo necesario para edificar el nombre del boxeador más conocido de todos los tiempos, perdió su último asalto contra el cáncer, denostado y olvidado por casi todos, en un hogar para enfermos terminales en Philadelphia.
Su participación y la del también desaparecido Angelo Dundee determinaron un combate que hoy es para muchos el paradigma del boxeo. El enfrentamiento de dos polos opuestos en el escenario más radical posible. La lucha de dos hombres por imponer sus ideas y su orgullo delante del resto del mundo.

Cuarto round

Dos semanas antes del combate Muhammad Ali dejaba su entrenamiento a un lado ante la visita de su esposa Belinda, que recorría medio mundo tras enterarse del romance del campeón con la actriz Veronica Porsche, altercado a partir del cual los medios apodarían la estancia de Ali en Filipinas como ‘El Circo de Ali’. Ni Angelo Dundee ni su médico Ferdie Pacheco parecían tampoco alterarse en demasía al ver como el de Louisville encaraba su combate contra Joe Frazier como un trámite mientras que el resto del mundo se ponía a los pies de lo que se vendía como el mayor espectáculo deportivo de los últimos años. La aparición de Don King en el mundo del boxeo abría un nuevo capítulo en la exportación del boxeo hacia nuevos mercados. Si Ali recuperó su corona contra George Foreman en el centro de la África más profunda, ahora era Filipinas la que preparaba el escenario para una de las mayores peleas de la historia.
El propio Ali se encargó de vender el combate describiendo a Frazier como un “Gorila” al tiempo que sus enfrentamientos en shows televisivos se sucedían entre la broma y la canallada. Smokin´ dejó de encajar la verborrea de su rival como algo natural previo a la pelea cuando los apelativos pasaron a encuadrarle como un “Tio Tom al servicio del hombre blanco”.
Y es que Frazier había nacido en la cuna más baja que aguardaba a un negro en la sociedad americana de los años cincuenta. De una familia algodonera, se había buscado la vida como jornalero y carnicero en Philadelphia hasta que el boxeo lo reclamara para siempre.
Su rivalidad con Ali se había multiplicado desde que en 1971 escribiera la primera derrota en el récord del de Louisville, justificando un cinturón que para muchos solo le había llegado tras la renuncia de Ali a acudir a la guerra de Vietnam. El segundo combate entre estos dos iconos del deporte solo llegaría en 1974, cuando ambos se encontraran después de que George Foreman -el tercero en discordia- hubiera cambiado sus carreras hacia distintos caminos.
Seguramente hoy se veneraría otro rostro si Foreman hubiera reservado aquel ciclón que soltó en Jamaica para el ‘Rugido de la Jungla’.
De hecho fue su posterior victoria contra Foreman lo que hizo a Ali confiarse sobre medida para su tercer y último duelo contra su mayor enemigo. Su escasa preparación acabó por devolverle toda su crudeza cuando al final del cuarto asalto los ganchos de Frazier y el calor filipino lo devolvieran a la esquina replanteándose todo.

Décimo round

El brutal KO recibido contra Foreman en Kingston lo sacó de la atención pública hasta que esos mismos insultos de Ali lo volvieran a poner en escena. Ambos se necesitaban hasta en el odio, pero hubo una época en la que los dos se comprendieron.
Cuando Muhammad Ali renunció a ir a la Guerra de Vietnam Frazier fue uno de los pocos que siguió apoyándole públicamente y de forma económica, como recuerda el propio Frazier y otros involucrados en el genial documental ‘Thrilla in Manila’. Su animadversión por lo tanto se fraguó en un momento impreciso cuando Ali comenzó a desdeñar todo aquello no musulmán que le negara la reverencia.
Orgulloso y empecinado, como su boxeo, Frazier no dudó en declararle la guerra durante cada uno de sus tres enfrentamientos, haciendo bajar del cielo a un boxeador que se creía encumbrado. Desde su guardia rotunda, sus ganchos de izquierda nacían con una fuerza antinatural provocada por una lesión en el brazo que le permitía una trayectoria inesperada y demoledora. Un boxeo que tumbó a Ali por tercera vez en su carrera en 1971 y que en Manila hizo provocar la burla más desesperada de Ali, aquella que nace cuando sabes que solo eso puede doler más que un golpe. “Me dijeron que estabas agotado”, a lo que Frazier respondió “Te dijeron mal, chico lindo”.
Pero la habilidad de Ali fue haciéndose notar conforme pasaron los asaltos, y para el noveno round sus combinaciones comenzaron a pesar sobre la anatomía del más bajito y menos voluminoso Frazier. Uno de estas combinaciones fue precisamente la que en el asalto número diez cerró el ojo derecho del aspirante, el cual dejó de ver la entrada de la mano derecha, comenzando a escribir el desenlace de una historia épica.

Decimocuarto round

“Lo quiero jefe” masculló Frazier en su esquina en el descanso entre los dos últimos capítulos del combate. Medio muerto, con la mandíbula dañada después de que Ali le sacara el protector bucal con un tremendo golpe y ciego por los golpes y una catarata que no revelaría hasta tiempo más tarde, Frazier se negaba a desaparecer del ring.
Enfrente, Ali pedía a Angelo Dundee que le quitara los guantes, acabado por la mayor batalla jamás librada y aquel calor que parecía quitar la humanidad. Solamente la agudeza del desaparecido entrenador pudo esperar el tiempo suficiente para que la esquina de Frazier no le dejara levantarse.
“Siéntate chico. Se ha acabado. Nadie olvidará nunca lo que has hecho aquí esta noche”. Dijo Eddie Futch mientras aún lo retenía en su esquina, cerrando el que sería el epílogo de unas de las mejores épocas que nos ha dejado el boxeo. Nadie nunca podrá devolver la gloria que Ali y Frazier dejaron. Superior a sus diferencias y a sus ideas, su vínculo acabó por cerrarse durante su funeral en Philadelphia, cuando un Ali mellado por el parkinson tocaba guantes por última vez con su némesis y amigo. “Con la marcha de Frazier el mundo pierde a un gran campeón y a una extraordinaria persona”, diría, reconociendo la grandeza propia de aquel sin el que jamás hubiera podido ser quien es.

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